Aquella noche me salvaste. Me salvaste de mucho más de lo que a la gente cabal le cabría esperar. En aquel momento me salvaste del frío y del aburrimiento, pero con los días he podido comprobar que también me salvaste de la desesperanza y la soledad. ¡Feliz encuentro! Mi romanticismo recién despertado agradece recordar que quedan en el mundo personas dignas de atención, que aún hay cabida para sonrisas sinceras y que se puede re-encantar la vida terrena.
Me alegra saber que hay gente para la que todavía tienen sentido la literatura y el símbolo. Que nos podemos comunicar por relatos, que éstos no están sólo para entretenernos, y que la verdad de la poesía no carece de fundamento ni validez.
Me salvaste de perderme en el abismo de la nada, aunque todavía me ataca el spleen cuando me despisto. Me vendría bien compañía para no ahogarme en aguas demasiado profundas y complicidad para aplacar juntos el miedo a la vida.
Tal vez así podríamos crear las más bellas mentiras.
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