- Disculpe mi atrevimiento, señorita, espero no importunarla si le digo que tiene usted una discontinuidad muy continua.
- En absoluto, siempre es un placer ser objeto de pensamiento. De hecho, permítame contarle un secreto: a veces creo que no existo si nadie me piensa.
- ¡Ese es un pensamiento muy grave!
- Sí, lo sé. Pero después me di cuenta de que como autoconciencia puedo hacer de mí lo que quiera. Poseo la clave del sentido de mi vida, ¿entiende?
- No estoy seguro, creo que no... Mire, todo lo que yo quería era resaltar su carácter discontinuo...
- Oh, lo siento. Creí que deseaba una interacción. Si sólo quería hablar para usted no había necesidad de hacerlo en voz alta. Si, en cambio, deseaba que yo lo escuchase, tendría que haber sabido que su comentario estaba sujeto a las leyes de comunicación y, por tanto, era susceptible de obtener respuesta.