Todo empezó cuando recogí un paquete para el vecino de al lado. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que no era su nombre el que aparecía; mi vecino alquilaba habitaciones. En un segundo recordé todos los encuentros con gentes extrañas, las puertas a deshoras... todo cobraba un sentido mucho menos siniestro que aquel que le había puesto en mi cabeza mucho tiempo atrás.
Pero de seguido, pensé en la televisión a un volumen inusitadamente elevado. Hasta el momento pensaba que sería por una simple sordera por la edad. Ahora no dejo de imaginarme a varios extraños en el mismo hogar, evitándose a toda costa, haciendo el mayor ruido posible para no saber nada de los otros. Ignorándose, con miedo de hacerse conscientes de que otro ser humano está al otro lado de la pared.
Ahora no dejo de pensar en el mundo como una gran casa con inquilinos aterrados que huyen unos de otros constantemente.
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